Filosofía

Filosofía del Ibicuy

Nueve peldaños hacia la grandeza espiritual

Por Juan Carlos Ferreyra y Marcela Ambroa

Fundadores de Programa Ibicuy

Con la colaboración de Claudio Izaguirre Pte. de la Asociación Antidrogas de la República Argentina.

Diciembre de 2019

 

  • Con afán de espíritu nos encontramos a nosotros mismos conociendo a los otros.

Debemos tener presente que lo espiritual no tiene que ver con lo religioso puntualmente, sino con una estructura de vida llevada adelante por una fortaleza interior imposible de derribar.

Al volver de las drogas nuestra confusión es absoluta, sabemos que no queremos estar más inmersos en la locura en la que nos hemos metido y a la vez no queremos salir de ese mundo porque nos asegura vivir en el dolor y el sufrimiento permanente, lugar que nos agrada más allá de todo entendimiento.

Cuando entramos en recuperación el miedo nos invade porque comenzamos a transitar por un mundo desconocido para nosotros. Si bien la sensación de estar sin drogas nos angustia a la vez nos entusiasma.

Al despertar al día siguiente limpios, recordamos lo que hicimos la noche anterior, contamos con la ausencia de esas acciones negativas a las que estábamos acostumbrados y estamos convencidos que le hemos ganado a ese mecanismo autodestructivo que nos ha marcado el camino hacia la antesala del manicomio.

Sin embargo nos planteamos cuanto durará esta sensación de bienestar y la angustia vuelve inexorablemente en la creencia que este nuevo estilo de vida desaparecerá rápidamente.

El desafío entonces aparece y empezamos a buscar de que forma sostener este nuevo estado espiritual, nos agrada vivir libres y nos asusta arrebatarnos a nosotros mismos la libertad conquistada.

Sabemos que carecemos de parámetros sanos para sostenernos en el camino de la recuperación y comenzamos a buscar en nuestros compañeros de ruta alguna opinión que nos fortalezca. Somos débiles para elegir vivir bien porque no sabemos como lograrlo.

Las manos tiemblan, la transpiración fría aparece sin aviso, la confusión abarca todo nuestro ser y el deseo irrefrenable de conseguir la próxima dosis nos gobierna. Sin duda es el síndrome de abstinencia, que aparece para avisarnos que no podremos, que somos incapaces, que nuestro destino está marcado. Estamos convencidos que esa sensación estará instalada en nosotros por el resto de nuestra vida.

Pronto aparece alguien que nos observa y nos asegura que eso pasará y que podremos recordar el evento con una sonrisa, que es el precio que debemos pagar por estar limpios y que  cuanto más cueste salir de esa sensación, más valoraremos nuestra recuperación.

Dejamos guiarnos por alguien que no conocemos, de la misma forma que el ciego permite a un transeúnte que lo cruce de vereda. Aprendemos así a depositar la confianza en el otro, a permitir que nos tutele en éste nuevo camino.

A partir de aquí entendemos la importancia de compartir nuestro tiempo con otro que padece nuestra misma dolencia y la fortaleza interior entonces se hace presente. Ignorábamos que la teníamos, aunque la aplicábamos a diario en nuestra época de consumo cuando buscábamos denodadamente el dinero para hacernos de nuestra próxima dosis.

Es bueno recordar que en una sesión de terapia el Dr. Carl Jung (discípulo de Sigmun Freud) le indica a Bill Wilson que para sostener su recuperación debía compartir con otros sobre su condición y que estos otros deberían tener su misma enfermedad, así fue que Bill crea los grupos de Alcohólicos Anónimos solo para salvar su vida.

Descubrimos que nuestro aparato psíquico tiene una estructura que debemos romper y entendemos que la forma de hacerlo es a través de la guía de nuestros compañeros de ruta, los adictos que han descubierto como se vive limpio y sereno.

Entendemos que la salvación está en compartir nuestras bajezas y tristezas con otros de nuestra misma condición por la que ellos ya han pasado. Entendemos por primera vez que sí se puede vivir sin drogas, siempre y cuando no abandonemos éste nuevo estilo de vida.

Ver nuestros defectos de carácter no es simple, las tocadas de fondo han sido muchas con consecuencias devastadoras para nosotros, nuestras familias y ese entorno sano que decidió abandonarnos en los días de consumo.

Debemos cumplir y hacer cumplir la Filosofía del Ibicuy de la misma forma que Jesús de Nazaret hizo cumplir las escrituras que el propio Concejo Supremo (SENEDRIN) había olvidado.

Cuando logramos vernos en los ojos de los otros nos invade una fuerza espiritual inexplicable, la potencia interior constructiva pone nuestra frente en alto haciéndonos sentir dignos de nosotros mismos por primera vez y esa sensación no nos abandonará siempre que impidamos cualquier desliz que nuestra mente nos muestre como un atajo para obtener objetivos autodestructivos.

Por fin podemos lograr vernos a nosotros en los ojos de los otros.

  • Nunca más nos dejaremos llevar por nuestros sentimientos de culpa y nuestros miedos, sino por nuestra confianza y convicción.

La culpa según Francesco Carrara es la voluntaria omisión de calcular las consecuencias posibles y previsibles del propio hecho.

Se puede definir por una omisión de la conducta debida para prever y evitar el daño. Se manifiesta por la imprudencia, negligencia, impericia o inobservancia de reglamentos o deberes.

Una de las frases más escuchadas por las personas en consumo es “no pasa nada” en referencia a que tal o cual actitud no tendrán consecuencias negativas en nuestra vida y que nadie notará ese desliz o permiso que nos estamos tomando, sin plantearnos que el solo hecho de escondernos para llevar a cabo nuestro plan, nos indica que las consecuencia serán inevitables cuando salga a la luz lo oculto. Todo lo oculto sale a la luz

Estaremos atados al miedo para ocultar esa acción que nos genera culpa y esa culpa nos impedirá crecer espiritualmente. Lo que habíamos logrado alcanzar cuando iniciamos nuestro camino de recuperación se ha ido por el caño en un instante y ahora con la fortaleza espiritual perdida nos encontramos en un callejón sin salida. O confesamos nuestra culpa o estamos condenados a sufrir como si estuviéramos en consumo activo.

La cabeza en alto a desparecido, nos ocultamos para que no se den cuenta y nuestra actitud nos delata a cada momento. Deseamos escapar antes de admitir que hemos fracasado, que nos ganó nuestra mente enferma y que hemos sido infieles a nuestro compromiso espiritual de ser rectos y honorables.

Queremos que el mundo se abra y nos trague para nos sufrir las consecuencias lógicas de esa actitud irresponsable que decidimos llevar adelante. Acabamos de iniciar el camino de regreso a las drogas. Ya estamos consumiendo culpa y dolor. Queremos irnos, condenando definitivamente nuestros logros por no querer mostrar que nuestra debilidad nos ha ganado una vez más.

Solo entendiendo que los deslices cometidos son parte de la vieja estructura de pensamiento llevada a la práctica y que compartiendo nuestros yerros construiremos una felicidad digna y verdadera, podremos entonces sentarnos y denunciarnos públicamente aplastando nuestro ego.

Para poder entender la confianza debemos comprender que es la conjunción de dos palabras: con – fe. Cuando nos fiamos de alguien es entonces que podemos decir que tenemos fe en esa persona o en el trabajo que realizará o en la actitud que tomará.

No podemos tener confianza en nosotros mismos porque no nos tenemos fe y no nos tenemos fe porque no aprendimos aún a dominar nuestro ego egocéntrico que domina cada uno de los aspectos de nuestra vida.

La mejor forma de comenzar con esta maravillosa tarea de aplastar nuestro ego es darle la categoría de intruso, de asaltante, de ocupa o de inquilino, que permanentemente esta torciendo nuestros mejores deseos en un bumerang que termina destrozando nuestras mejores intenciones, llevándonos a situaciones inequívocamente destructivas.

Convencido que hemos podido abandonar el consumo de sustancias y disfrutamos de ello, así debemos confiar en nosotros mismos y lo lograremos en la medida que podamos compartir con otros la naturaleza exacta de nuestros pensamientos más íntimos. Si pretendemos limpiar nuestro ropero a fondo, primero debemos sacar toda la ropa afuera; de esta misma forma debemos actuar con nuestra mente.

Nuestro inventario personal deberá quedar a la vista de todos los que nos acompañan en este camino, para que sean ellos quienes nos guíen y nos sugieran cuando la duda y el miedo nos asalte en forma socavada o artera.

El rechazo pleno de cualquier pensamiento autodestructivo no alcanza para completar la acción liberadora, es necesario además denunciar al inquilino que llevamos dentro para posteriormente ya libres de sus garras reírnos a tambor batiente por haber derrotado una vez más  al intruso.

Debemos recordar siempre que el miedo es un instinto animal al que nos obligamos a enfrentar a cada instante. Hay veces que el miedo es racional y otras en que es irracional, debiendo evaluar cada circunstancia como si fuera única.

La mejor forma de combatir el miedo es enfrentándolo.

Cuando logramos enfrentar el miedo, éste se diluye y el sabor que tiene la batalla ganada a éste sentimiento devastador es inconmensurable. Cuanto más enfrentamos a los miedos más grandes nos sentimos espiritualmente y comprendemos que así como nos ayudan a nosotros estamos en condiciones de ayudar a otro.

El miedo es el encargado de desatar en nosotros los siete pecados capitales a la vez y se lo puede describir como una manzana ulcerada y rancia en el cajón de nuestros más lindos sentimientos, pudriendo en un momento todo nuestro ser.

Sin embargo hay miedos constructivos, por ejemplo el miedo nos puede indicar el sendero de la rectitud y aquí debemos hacer una aclaración válida: Si pretendemos ser rectos por miedo a las consecuencias de no serlo hemos tomado una senda negativa y probablemente destructiva, ya que estaremos albergando la deshonestidad en nuestro ser a la que no apelamos por miedo.

Una persona de éxito es aquella que ha decidido dejar de aferrarse a la deshonestidad por entender que es un camino al que no desea volver jamás. Este sentimiento libera entonces a la persona de las bajezas y se conduce en rectitud por propia convicción y no por estar atado al miedo de no cometer imprudencias que lo lleven a consecuencias negativas.

Otro ejemplo del miedo puede ser tener actitudes honorables por miedo a que Dios nos castigue. Este sentimiento no tiene validez en el plano espiritual, dado que nos portamos en forma honorable para recibir un premio o dádiva del Supremo, pero muestra que no estamos convencidos de ser rectos, solo lo hacemos para evitar ser castigados.

Cuando uno actúa honorablemente y honradamente porque entiende que éste es el único camino posible para alguien en nuestra condición, queda entonces libre de cualquier miedo. Ya no nos interesa los sinuosos senderos de la deshonestidad porque lo que nos trae es malestar en el alma y nos coarta la libertad de disfrutar de la vida. Esa es la libertad que debemos ganar y conservar. Cualquier otra cosa es no haber entendido la naturaleza exacta de nuestra enfermedad.

No debemos dejar de lado tener perfectamente claro que los miedos nos tornan altamente agresivos y profundamente depresivos, llevándonos al aislamiento y a la soledad que nos invitan a volver a consumir sustancias. Por tanto, enfrentar nuestros miedos ahora nos libera de una próxima recaída.

No se puede ser medio honesto, o se lo es o no se lo es. Si usted no ha logrado ser completamente honesto, pues entonces no es honesto y esto le pesará a lo largo del tiempo hasta que logre liberarse de sus miedos, lo que le acarreará culpas y por ende no podrá sentirse digno de confianza.

  • No vivir más en lo irreal e inalcanzable.

El adicto con su estructura cognitiva deteriorada por el consumo de sustancias entiende a la realidad como una construcción armada en su contra por familiares, amigos y empleadores, maestros o profesores, por lo que entenderá como un objetivo a vencerlo más rápido posible. Si no logra vencerlo tratará de huir de su presencia a como de lugar.

Este combate contra el deber ser, lo lleva a fantasear buscando en su cerebro situaciones futuras idílicas que jamás se concretarán. De ésta forma busca en la insatisfacción la excusa perfecta para continuar con su consumo de sustancias.

En su mundo estará convencido que el éxito obtenido por su entorno son responsabilidad de él y sus incontables fracasos son culpa de su entorno. Él jamás tendrá responsabilidad alguna en su falta de logros, sino su madre por no plancharle bien la remera, su hermano por no comprenderlo y apoyarlo, su empleador por su manera de esclavizarlo, su profesor por no explicar suficientemente lo que dicta en clase. Son todos culpables de su falta de suerte.

Para incrementar su existencia fantasiosa lo que quiere, lo quiere ya, al no conseguirlo deja de creer en sí mismo. Permanece en el pasado lamentándose por los éxitos que no llegarán, esto hace que su temor por el futuro se incremente y a pesar de sus magros resultados se resiste a cambiar.

Renuncia a sus habilidades y se concentra en sus debilidades esperando que el mundo le de lo que él cree que le debe.

No desarrolla emprendimientos porque está convencido que nadie lo apoyará haciendo crecer el temor a fallar y disminuyendo su deseo de triunfo a la mínima expresión.

Es incapaz de visualizar que es posible lograr los objetivos y no arriesga porque siente que tiene mucho para perder aunque no tenga nada .

Su fantasía le hace creer que sus problemas son únicos y que nadie puede llegar a comprenderlo, además interpretan cualquier falla como una clara señal para desandar el camino y permanecer en el fracaso. La autoconmiseración que proviene de la soberbia, más conocida como lástima por sí mismo, le da la excusa más clara para entender desde la fantasía que si hubiera nacido trescientos años antes, su suerte y su vida tendrían un color mágico similar a Colon, Napoleón o Alejandro Magno.

Su fantasía le indica que el es el emperador, dueño y señor de sus padres, de su esposa y de sus hijos, siendo estos los que le deben rendir pleitesías en forma permanente.

Este comportamiento infantil nos pone en un lugar de rechazo y la gente que carecen de lazos sanguíneos se termina alejando al igual que los parientes, aunque en algunos casos queda solo nuestra madre aguantando lo inaguantable, soportando nuestras exigencias más absurdas y despóticas.

Hemos logrado trepar con nuestra locura fantasiosa al punto de sentirnos los dueños indiscutidos de la vida de nuestra pareja y entonces exigimos una esclavitud extrema, una sumisión más allá de lo imaginable coartándoles la posibilidad de tener contacto con los parientes, exigiendo que no vean a sus amistades y castigándolos de todas las maneras imaginables para que al sentir el yugo de nuestro poder tengan miedo de pensar siquiera en llevarnos la contra.

Llega a tal punto ésta fantasía de poder sobre el otro, que si piensan en abandonarnos deberemos quitarle la vida por tal atrevimiento. Soy su dueño absoluto y podrá respirar tantas veces como nosotros se lo permitamos.

A éste dilema podríamos agregar que fueron nuestros padres los que nos dijeron “este es tu cuarto”, “esa es tu computadora”, ésta es tu casa” y nosotros hemos tomado esas afirmaciones como una herencia cobrada con antelación. No entendemos cuando nos encerramos en nuestro cuarto por que protestan o cuando llevamos amigos de consumo al hogar se enojan, al fin y al cabo somos los dueños de todo.

Cuando alguien nos pregunta si ese es nuestro cuarto seremos contundentes en la afirmación, pero cuando nos preguntan cuanto pagamos por ese cuarto en la casa familiar nos descolocan, nos quedamos sin respuesta y entonces empezamos a entender que en realidad no poseemos nada, que somos realmente incapaces de sostenernos a nosotros mismo y que nuestra actitud nos ha convertido en verdaderos parásitos.

Describirnos como verdaderas sanguijuelas sería entonces mas que justo, pero aún así somos incapaces de ver para cambiar.

Cuando iniciamos nuestra recuperación se acrecienta nuestra fantasía y llegamos a pensar que ya sabemos como manejarnos al día siguiente a ingresar a un espacio de rehabilitación. Creemos que nuestra mente se ha abierto a tal punto que entendemos todo y que estamos más que listos para iniciar una vida feliz lejos de la sustancia.

Cuando nos llaman a la realidad nos defendemos, nos atajamos y pretendemos convencerlos que somos los dueños de la razón. Una vez más somos atrapados por una fantasía destructiva que va en desmedro de cualquier entendimiento racional.

Sentimos que somos los más grandes poetas de la historia del mundo pero no somos lo que deberíamos porque no encontramos todavía un buen jefe de prensa.

Si somos enfermeros nos creeremos médicos, si somos médico nos creeremos científicos, si somos científicos nos creeremos eminencias, cuando la realidad nos muestra que somos verdaderos despojos humanos, quebrados y sin posibilidad de algún día llegar a ser buenas personas.

La falta de realidad nos lleva a espacios de fantasía donde no es posible hacer pie en la verdad como trampolín para el crecimiento personal.

Pretendemos terminar el secundario ya sin haber iniciado los trámites para inscribirnos en la escuela, si logramos la inscripción creemos que por el solo hecho de concurrir habremos aprobado, que si le caemos simpáticos al profesor estaremos aprobados, pero nunca estará como opción estudiar, hacer un trabajo práctico o llevar una carpeta ordenada.

Las metas las vemos como imposibles de alcanzar y si logramos algún mérito nos ufanaremos de ellos como si fueran condiciones naturales que la gente debe admirar. No se nos cae ni una gota de humildad.

Somos concientes que podemos iniciar cualquier cosa que nos propongamos, pero nuestra cabeza nos dice que jamás terminaremos nada, por lo cual ni siquiera intentamos iniciar nada. Pretendemos con mínimo esfuerzo llegar al podio de la admiración de quienes nos rodean, para en un instante derribar cualquier logro que hayamos alcanzado.

Todos deben rendirnos pleitesías porque nuestra fantasiosa mente nos dice que somos los mejores y los más grandes del planeta.

Cuando logramos preguntar como nos ven los compañeros de rehabilitación y estos son sinceros, aparecerá el dolor de tomar conciencia que ellos sabían de nosotros lo que pretendíamos ocultar, la fantasía cae y la realidad se hace presente.

Tomar conciencia de que estamos en el último peldaño del quebranto espiritual y mental, nos ayudará a abandonar la fantasía y a partir de ahí podremos construir el ser humano nuevo que siempre soñamos.

  • Debemos usar las herramientas de la verdad para distinguir entre lo que necesario y lo que se deseo.

La verdad es la afirmación de algo que se corresponde con la realidad y nos duele porque nos muestra quienes somos y donde estamos. Eso es algo que al ego no le gusta.

En nuestros días de consumo desenfrenado habíamos optado por desarrollar al máximo nuestros deseos mas bajos y ruines sin medir consecuencias, habíamos aprendido a satisfacer nuestros deseos por encima de cualquier daño que causáramos sin importarnos quien era el objeto de ese deterioro mental, físico o espiritual.

Solo pensábamos en nosotros mismos y esto no nos ocasionaba culpa alguna, justificábamos estos actos fabricando magníficas falacias.

La falacia es una afirmación basada en una mentira, de este modo de fabrican supuestas verdades para convencer a terceros que nuestro accionar está perfectamente justificado y correcto.

Nos dedicamos durante años a satisfacernos de todas las formas posibles y terminábamos en verdaderos charcos de angustia y desolación cuando comprendíamos en el fondo de nosotros mismos el daño causado por nuestro despotismo.

Como las sustancias de abuso, los deseos arruinaban nuestro ser inexorablemente, pero volvíamos a ellos con la intención de conseguir un instante de placer por mas que luego nos llegaran días de profundo sufrimiento.

Abusábamos y dependíamos de todos aquellos que nos rodeaban, de la misma forma que lo hacíamos con las sustancias, cuando estos se cansaban de nuestro accionar buscábamos a otros repitiendo una y otra vez estas conductas que nos llevarían siempre al mismo lugar de dolor y sufrimiento que utilizaríamos para seguir consumiendo.

Habíamos encontrado una formula devastadora para avanzar rápidamente al precipicio y nos ufanábamos de ello.

Al ingresar al nuevo mundo de la rehabilitación notamos que había algo malo en esta forma de vivir pero nos planteábamos que si abandonábamos esta forma de vida dejaríamos de gozar del placer que nos otorgaban nuestros deseos y que la vida sin sustancias sería de lo más aburrida.

Nuestros deseos nos regalaban adrenalina y algo de dopamina, o mejor dicho vértigo y placer, pero supimos también que la recuperación nos proporcionaba tranquilidad espiritual.

Que dicotomía, elegir entre el vértigo del consumo y la tranquilidad espiritual de la recuperación. Lo que aún no habíamos evaluado que después de mucho tiempo dejaríamos de lastimar a quienes nos amaban. Eso aún no nos preocupaba porque seguíamos mirándonos el ombligo en lugar de levantar nuestra cabeza y mirar todo el daño que habíamos causado.

No queríamos ver la verdad de nuestra actitud de vida, porque eso nos proporcionaría un dolor inconmensurable. Recién ahí entendimos que éramos profundamente cobardes y que solo un acto de humildad de nuestra parte haría que nos dispusiéramos a pedir perdón por el daño causado.

La valentía de aceptar la verdad y sus consecuencias iba a ser la base de una recuperación verdadera.

Con el tiempo aprendimos a aceptar la verdad lo que nos proporcionó un placer al que nunca habíamos arribado, un placer permanente que nos hacía tener nuestra frente en alto y nuestra espalda erguida, otorgándonos además una fortaleza espiritual sin parangón.

La verdad se convirtió en nuestro aliado más fuerte que dejó el deseo en un plano ínfimo para dar lugar a nuevas sensaciones que tenían que ver con la pulsión de vida.

Apareció casi instantáneamente como contrapartida de lo que deseamos hacer, lo que debemos hacer y esta nueva postura nos permitió crecer y forjar nuestro carácter. Comprendimos que la recaída sobreviene después de darle permiso a nuestros deseos volviendo a viejas conductas que nos dejaban en un callejón sin salida: o abandonábamos el deseo o volveríamos a consumir sustancias.

Cada ves que en recuperación queríamos volver al deseo lo hacíamos a escondidas de los demás, con vergüenza y temor a que otros los demás se enteren, convirtiendo todo nuestro ser en un acarreador de culpas, nuestra cabeza volvía a mirar al piso y nuestros pasos se volvían pesados y temerosos. Solo era el miedo a que los otros se enteren de la verdad. Habíamos caído presos de nuestros propios deseos.

Acá aparece inexorable una de las más famosas frases de Jesús de Nazaret: “La verdad os hará libres”.

Cuando descubrimos está máxima del nazareno, entendemos la importancia que tiene la verdad y la sentimos cuando nuestro cuerpo expresa su satisfacción al no tener nada que ocultar.

Lo positivo es ver que es lo que necesito para construir una vida digna y lo negativo es buscar lo que deseo para tapar mi incapacidad de actuar como un ser digno.

Cuando le tomamos el gusto a vivir con dignidad dejamos de tener miedo de gozar de lo bello y rechazamos de plano cuando alguien nos propone bajar a algún deseo, ya hemos aprendido que nuestro camino debe estar limpio en cada uno de sus aspectos y estamos listos para poder ayudar a otros a alcanzar éste nuevo estilo de vida.

Romper con la estructura mental autodestructiva, combatir la soberbia la ira, la lujuria y la pereza será en nosotros una actividad normal e imperceptible para el resto del mundo y comprendemos que hemos perdido mucho de nuestro tiempo de vida en malgastadas jornadas que socavaron nuestros más caros sentimientos. Finalmente la verdad nos ha hecho libres.

  • Nunca más solos con nosotros mismos. Debemos desafiar nuestros miedos y los miedos de los otros a fin de ver el valor de lo encontrado.

En consumo hemos sabido construir una vida de soledad, la recuperación nos empuja a no estar nunca más solos.

Todos sabemos que hay dos tipos de soledad, por un lado la soledad que nos hace sentir bien cuando tenemos el alma limpia y dedicamos ese tiempo a cosas bellas o a disfrutar en plenitud, pero nosotros conocemos otra soledad que es la impuesta por nosotros mismos aunque tengamos en el lugar donde estamos a todas las personas que nos aman.

Nuestra postura de emperadores, en los días negros de consumo, cuando teníamos a nuestro rededor personas a las que considerábamos nuestros esclavos personales que debían cumplir nuestros deseos al instante, también con ésta actitud construíamos nuestra más profunda soledad.

El trono del emperador es de una soledad inconmensurable, no tiene a nadie a su lado, no cuenta con ningún igual, con un par, con un socio de la vida. Todos por debajo nuestro a los que debíamos castigar de todas las maneras posibles.

Combatíamos con toda nuestra ira a quienes osaban decirnos que estábamos equivocados y que nuestra actitud nos llevaría a la soledad menos deseada. Sin embargo, lejos de escuchar, seguíamos atados a nuestro deseo de dominio, para caer cada vez más profundo en nuestro dilema. Cada día más aislados y más solos.

Llegamos a convencernos que no formábamos parte de nada, que nadie llegaba a comprender nuestra actitud de vida y que solo con otros consumidores nos sentíamos acompañados, aunque los únicos temas en ese medio era: quien iría a comprar, quien vendía la mejor o más barata, quien ponía el dinero y cuando se nos acababa el capital, la soledad se hacía sentir de la forma más despiadada.

Nos abrazó la desesperanza, la tristeza atacaba con fuerza pero no lográbamos entender que era nuestra actitud de vida la que nos traía este tipo de sentimientos. Ellos tenían que cambiar, no nosotros.

La frustración nos abrazó y respondíamos con ira, con arrebatos de enojo, sobre todo ante pequeñas cosas. Bastaba que se nos cayera una cuchara al piso para estallar con fiereza. Pretendíamos que la ropa se lave sola o que alguien se encargara de ello, buscábamos denodadamente prendas de vestir que habíamos perdido  por nuestra permanente negligencia y buscábamos culpables para despojarnos de nuestra evidente ineptitud.

Habíamos perdido el interés por las cosa bellas, por los deportes que nos habían gustado, por un mate compartido en la cocina de casa, por la mesa del domingo. El sol, la lluvia, los paseos familiares se habían convertido castigos divinos. El encierro era la opción para escapar del mundo, hasta el sexo estaba vedado.

La alteración del sueño era algo habitual, dormir durante el día, no dormir, dormir de a ratos nos hacían pesada la vida. Muchas veces hacíamos como que estábamos dormidos mientras la familia estaba en plena actividad, el miedo y el no saber que habíamos hecho la noche anterior nos hacía sentir que quedábamos en permanente infracción aunque esto fuera una fantasía nuestra. Inmóviles frente a la vida.

Este modo de vida nos hacía sentir una gran falta de energía, anergia la llaman, y desde ese lugar buscábamos esclavos para que otros hagan lo que nosotros no podíamos hacer por nosotros mismos. Llegamos a pensar de que forma nuestra cama podía hacerse sola, porque éramos incapaces de hacer algo tan simple y que requiere cero esfuerzo.

Sobrevinieron los autorreproches, fijamos nuestra mente en nuestros fracasos, nos asaltaron sentimientos de culpa y nos creímos unos verdaderos inútiles.

Para hundirnos aún mas tuvimos pensamientos suicidas bajo la excusa que de esa forma les sacaríamos a nuestros familiares un problema irresoluble. El ego nos volvía a poner en el centro de la escena, siempre pensando en nosotros y nunca en el dolor permanente que dejaríamos en aquellos que nos amaban. No era una opción para nosotros cambiar de vida, abandonar el consumo y convertirnos en seres humanos dignos. Eso era mucho trabajo, requería compromiso y constancia, cosas que no estábamos dispuestos a llevar adelante por nuestra profunda cobardía.

Habíamos hecho lo imposible para que quienes nos amaban huyan despavoridos y una vez logrado el objetivo nos quejábamos públicamente por nuestra soledad para dar lástima y de esa manera seducir a otros, que una vez captados les haríamos la vida imposible para volver a sentir pena por nosotros mismos y tener una nueva excusa para seguir en nuestro derrotero de culpa y consumo.

La soledad nos dijo que el problema éramos nosotros y nos dejó la puerta abierta para pedir ayuda.

Al ingresar en recuperación supimos que ya no estaríamos más solos. Gente que no nos conocía nos dijo que podíamos contar con ellos pero que no se dejarían usar. Que estarían incondicionalmente hasta que aprendiéramos a vivir como seres dignos.

Al convivir con estas personas notamos que no podíamos manipularlas ni con las lágrimas, ni con la ira. Habíamos encontrado la horma de nuestro zapato.

Como pueden estas personas reírse de nuestra abrumadora soledad. Era simple. Habían logrado entender la naturaleza exacta de la enfermedad y estaban dispuestos a enseñarnos como combatir los defectos de carácter que nos habían despojado de la belleza que nos da la vida.

Aprendimos que hay relaciones genuinas y de las otras. Que una relación legítima es aquella que comienza y se extiende en el tiempo sin intereses escondidos.

Si pretendemos tener un amigo no es para asaltar su billetera, si contamos con un socio para llevar a delante un emprendimiento no podemos pretender que se convierta en nuestro familiar.

Aprendimos a buscar en el otro desde la honestidad una relación genuina y no de ventaja. Abandonamos esa actitud de ventajero y tramposo, para convertirnos en personas diligentes y modestas, conformes con nuestra suerte económica y espiritual.

Cuando aprendimos a no asaltar  los sentimientos de los otros, nos convertimos en personas de confianza a las que la gente puede acercarse sin ningún tipo de temor

  • Vernos a nosotros mismo en los ojos de los otros exigirá cambios.

El vernos a nosotros mismos siempre fue como mirarnos en un espejo, todo estaba al revés de lo que en realidad fuimos. Nos percibíamos graciosos cuando en realidad éramos déspotas y en lugar de reírnos con los otros nos mofábamos de ellos. Nos autodefiníamos justos cuando ejercíamos en forma injusta nuestro poder irracional. Nos decíamos responsables cuando éramos incapaces de barrer nuestra habitación. Adoptábamos la postura de defensores de la familia pero cuando nos daban la espalda hablábamos pestes hasta de nuestra propia madre.

Inclusive habíamos aprendido a ser unos verdaderos haraganes mentales, pero nos mostrábamos como si fuéramos eruditos en todos los temas. La gente nos miraba con lástima y pena mientras nosotros estábamos convencidos que los habíamos engañado a todos.

Cuando comenzamos a transitar el camino maravilloso de la recuperación, comenzamos a notar que la opinión de los compañeros era diferente. Por primera vez nos decían en la cara lo que percibían de nuestras actitudes y creímos que se trataba de gente equivocada, que sus comentarios sobre nosotros estaban fuera de foco, que no habían alcanzado a conocernos en profundidad.

Con el correr de los días preferíamos mantenernos en silencio, cada cosa que decíamos era utilizada en nuestra contra según nuestro punto de vista, sin embargo poco tardaríamos en darnos cuenta que los berrinches, los ataques de ira y la lastima por uno mismo no eran tomados en cuenta, solo perdíamos el tiempo y nadie se conmovía.

Ninguna estrategia de manipulación había dado resultado, en lo que respecta a esta gente los argumentos que esgrimíamos eran inútiles, sencillamente eran imposibles de manipular.

Estábamos en un callejón sin salida, o cambiábamos o sucumbíamos en este asunto rehabilitarnos. Nuestros mayores nos dijeron que para empezar a vivir bien deberíamos hacer algunos cambios en nuestra forma de conducirnos y nos hablaron de la responsabilidad como un primer paso hacia la construcción de una vida feliz y útil.

Para comenzar a practicar nos dieron pequeñas responsabilidades que tratamos de evadir por todos los medios posibles, cuando creíamos haberlos engañado nuestros mayores aparecían para darnos la noticia que debíamos hacerlo nuevamente que el encargo que nos habían dado se había hecho en forma deficiente, que habíamos puesto el empeño en hacer las cosas a medias. Habíamos sido descubiertos en nuestro engaño y nos sentíamos avergonzados, pero aún así poníamos el peor empeño en hacer nuestra parte de la tarea.

Engañar a los otros solo había servido para engañarnos a nosotros mismos y eso nos hacía vivir con culpa. Ésta actitud solo nos servía para hacernos daño. Habíamos logrado no drogarnos pero las actitudes y las acciones eran idénticas a las de los días negros de nuestra vida de adictos.

Se nos dijo que para vivir bien era necesario tener un cambio urgente, cuanto antes empezáramos a tomar las cosas con responsabilidad, antes dejaríamos de sufrir.

Se nos explicó que uno es responsable de aquel delito que cometió y deberá pagar por ello según el reproche jurídico que merezca, pero que responsable aquel que es conciente de sus obligaciones y actúa conforme a ellas y que era esta última acepción la que cobraba validez dentro del programa.

Descubrimos que ni siquiera conocíamos la definición de responsabilidad y que en consumo jamás la habíamos practicado.

Vernos en los ojos de los otros, tomar la opinión de nuestros compañeros de recuperación fue el principio de la salvación. Nosotros que creíamos saberlo todo, descubríamos que en este asunto de vivir responsablemente no sabíamos absolutamente nada.

Los cambios vinieron pronto, solo por el hecho de tomar conciencia que la realidad que creíamos vivir era una fantasía autodestructiva que nos había acercado a los hospitales y las cárceles. Quizá por primera vez tomamos conciencia que éramos los responsables directos de nuestros prolongados sufrimientos y que debíamos abandonar el personaje que nos habíamos impuesto para comenzar a mostrarnos tal cual somos: miedosos, temerosos, altaneros, prejuiciosos, impúdicos, soberbios, deshonestos, lujuriosos, timoratos, cobardes, celosos y envidiosos entre otras cosas.

Al tomar conciencia de esto decidimos rendirnos, entendimos que luchar para cambiar era de un esfuerzo titánico, que era mucho más sencillo empezar a tomar actitudes sanas para con nosotros y para poder convivir con los otros.

Así como fuimos guiados con amor duro, así aprendimos a guiar a los que llegaron después, deseando que esta cadena de favores no se corte jamás. Cuanto más seamos los que adoptamos un nuevo estilo de vida, mayor será la posibilidad de tener una sociedad sana que se recobra desde sus propias dificultades.

 

  • No debemos demorarnos más, debemos ahora aceptar la responsabilidad por nosotros mismos y los demás.

Responsable: Que es consciente de sus obligaciones y actúa conforme a ellas. Que es consciente, sensato, formal.

Si miramos nuestros días de consumo, cuando nos llamaban irresponsables, insensatos o inconscientes nosotros no lo aceptábamos y terminábamos en serias peleas con nuestros familiares, es más afirmábamos sin temor a equivocarnos que ellos estaban faltando a la verdad.

Si miramos este asunto con detenimiento y profundidad éramos con respecto a las sustancia profundamente fieles, profundamente formales y cumplidores con el vendedor de drogas, inequívocamente responsables en ir a buscar la próxima dosis, no importaba si llovía o hacía calor extremo o el duro frío de invierno nos congelaba las manos. Ahí estábamos siempre firmes hasta lograr el objetivo.

Dejábamos cualquier cosa por importante que fuese para ir en busca de la próxima dosis. Habíamos desarrollado nuestra responsabilidad con el consumo que cuando la plata se nos acababa, podíamos a llegar a vender cualquier cosa sin ningún tipo de culpa y en este derrotero si había caído en nuestras manos los lentes de nuestra madre, sin ningún problema lo comercializábamos para obtener el dinero necesario para esa próxima dosis que nos llevaría por unos instantes a la cima del mundo para luego hundirnos en la culpa durante horas, días y semanas.

En este derrotero de responsabilidad y muerte corren la misma suerte los platos de la alacena, el microondas, el bidet y hasta el inodoro. Cualquier cosa que nuestros ojos detectaban servían para cambiarlas por dinero para la próxima dosis. Cada quien, en este momento, estará pensando y recordando las bestialidades que hemos hecho con el fin de asegurarnos la próxima dosis, hasta que un día nos sentimos derrotados y hambrientos de un poco de paz.

A esta altura podemos entonces entender la fuerza interior de la que somos portadores, podemos dimensionar como hemos invertido exageradamente nuestro potencial humano en destruir y destrozar toda nuestra existencia. Nos habíamos convertido en el monstruo mas letalmente poderoso que existía y que utilizábamos para acabar con nosotros mismos.

Y como cambiaríamos esto?

Solo tomando conciencia que podíamos utilizar toda esa energía en salir de la locura que nos proponía la enfermedad cada vez que nos despertábamos y que no nos abandonaba hasta caer desvanecidos después de varios días de gira.

En nuestros primeros tiempo limpios comenzamos una lucha interior que nos imposibilitaba acallar los embates de éste monstruo que carcomía con su suave susurro nuestras entrañas y nos señalaba que no había mejor opción que el próximo consumo.

Semanas o meses luchando por lo que queríamos ser mientras seguía ganando terreno implacablemente nuestro letal inquilino. Nos rendíamos fácilmente ante él y sucumbíamos en los intentos por estar en paz.

Comenzaron los días en que con enorme esfuerzo silenciábamos esa maldita voz que nos torturaba y cuando lográbamos la serenidad, la tranquilidad del alma arremetía diciéndonos “en que minuto nuestra tranquilidad se acabará?”. Podíamos llegar a no entrar en el juego de la angustia, entonces con una frase nos convencía que esta nueva vida era una estupidez “que aburrido es vivir limpio”.

Otra vez el sufrimiento aparecía para quedarse, la enfermedad controlaba todo nuestro mundo y nuestra cabeza tomada nuevamente por el monstruo interior nos ponía en el borde del precipicio.

Nos preguntábamos una y otra vez porque Dios nos ponía en ésta situación, será que no somos dignos de disfrutar de nuestra recuperación y de compartir desde la salud con nuestros familiares, será que jamás podremos ser lo que soñamos.

Hoy desde Ibicuy te digo: Cuando el buen Dios te pone al borde del precipicio no es para que caigas en las profundidades, el sabe que es la única forma de que estamos listos para comenzar a volar.

Un ejemplote lo da con el comportamiento del águila. Cuando ésta ave prepara el nido para sus pichones lo hace en lo alto de la montaña, este nido consiste en una serie de ramas con púas y espinas a la que le agrega plumas de sus alas haciéndolo acolchonado y placentero. Cuando los pichones está listos para su primer vuelo retira las plumas y de esta manera el nido agradable se convierte en incómodo.

Con el correr de los días empuja uno a uno a sus pichones al abismo y los acompaña en el trayecto. El pichón desplegará sus alas y hará su vuelo inaugural. Si el pichón no ha podido volar, lo lleva nuevamente al nido y repetirá el acto cuantas veces haga falta hasta que logre su independencia.

Así el Gran Jefe lo viene haciendo con nosotros y lejos de comprender ésta oportunidad nos quejamos, blasfemamos y elegimos la cobardía de refugiarnos en el monstruo, en el inquilino que gobierna nuestra mente.

Cuando repetimos éste punto como loros y decimos “debemos ahora aceptar la responsabilidad por nosotros mismos y los demás” no comprendemos la profundidad de ésta afirmación.

Sencillamente lo que nos está pidiendo ésta filosofía es volcar aquella inquebrantable responsabilidad que utilizábamos para hundirnos en el estiércol, redirigirla en nuestro beneficio aplastando y dejando sin fuerzas al inquilino que gobernaba todo nuestro ser.

Hemos visto como nuestros coordinadores han logrado trasmitir ésta seguridad y los vemos fortalecidos, potentes, claros, consolidados sin entender que fue lo que ocurrió dentro de ellos. Simplemente están utilizando la potencia interior en beneficio propio, encontraron el camino a la felicidad duradera.

Que es la felicidad maestro?

La felicidad según mi punto de vista es la tranquilidad espiritual producto de los actos honorables que hago durante el día. Cuando apoyo la cabeza en la almohada sintiéndome orgulloso de mí.

Esta felicidad es intransferible y permanente. Nada ni nadie me la podrá sacar, robar o empañar.

Es necesario aclarar que la felicidad no es sinónimo de alegría, nadie puede estar alegre todo el tiempo, pero sí puede permanentemente sentirse feliz consigo mismo, siempre y cuando sus actos sean responsables y honorables en cada uno de los días de su vida a partir de éste instante.

De ahí este asunto de “No debemos demorarnos más”, porque cuanto más tardemos en tomar la decisión de ser responsables de nosotros mismo y de los demás, continuaremos sufriendo inútilmente los embates de la enfermedad hasta quedar atrapados en la locura absoluta.

Recordemos que el águila vive alrededor de 70 años, pero para lograr éste objetivo necesita producir algunos cambios.

Alrededor de los 30 años de vida su pico ha crecido tanto que ya no puede abrirlo para comer, sus garras han crecido de igual forma y por más que estire sus dedos no puede agarrar las presas que lo alimentaran y las plumas de sus alas son tan pesadas que se le dificulta remontar vuelo.

Con enorme esfuerzo vuela hasta un escalón en lo alto de la montaña, allí golpea su viejo pico hasta arrancarlo. Cuando ya ha crecido lo suficiente, con ese nuevo pico arrancará una a una sus uñas viejas permitiendo que las nuevas lleguen a crecer y cuando estas están listas las usará para arrancar una a una las plumas de sus alas. Esperará a que crezcan y entonces volará nuevamente majestuoso entre las montañas por los siguientes 40 años de vida que le queda.

Ésta filosofía nos pide que nosotros hagamos ese cambio que es doloroso, pero que nos traerá la posibilidad de disfrutar de lo bello que es vivir limpio y sereno.

Cierto día Bill Wilson, fundador de Alcohólicos Anónimos en el mundo, tomaba café en un bar de Cleveland y un compañero se acercó y le preguntó por que estaba tan tranquilo, si no se había enterado que el día anterior los japoneses habían bombardeado Pearl Harbor. (El ataque a Pearl Harbor fue una ofensiva militar sorpresiva efectuada por la Armada Imperial Japonesa contra la base naval de los Estados Unidos en Pearl Harbor (Hawái) en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941).

Bill Wilson respondió con calma “es que yo ya tuve mi propio Pearl Harbor” dando por finalizada la cuestión.

Venimos de una guerra en la que hemos perdido la batalla de cada día. Es tiempo entonces de no demorarnos más, hay gente llegando, pidiendo ayuda y mi mano debe estar ahí y por eso yo soy responsable.

  • Debemos aprender de nuestros errores y utilizarlos para construir una fundación fuerte.

Es cierto, debemos aprender de nuestros errores para fundar una persona nueva, fuerte, maciza e inquebrantable. Solo debemos estar dispuestos a conocernos tal cual somos y desde ese lugar construir un inventario del ser negativo al que ya no queremos volver.

Lo que benévolamente llamamos errores son en realidad decisiones tomadas desde una mente alocada y furiosa que nos ha llevado a los peldaños más atroces de nuestra obscuridad.

Estábamos convencido que dañar al otro era la solución para que nos respetaran, pero en realidad habíamos logrado que nos tengan miedo y en algunos casos terror, pero también había quienes nos tenían una profunda lástima. Vivíamos convencidos que nuestras acciones eran las que correspondían, mientras nuestros familiares se partían de dolor y vergüenza.

Al comenzar a practicar este nuevo estilo de vida tomamos conciencia del daño que habíamos causado y el dilema se acrecentaba porque no teníamos, o más bien carecíamos de una guía concreta para sostener desde el conciente un nuevo estilo de comportamiento que utilizáramos como barrera para detener los razonamientos autodestructivos que tanto nos habían dañado.

Alguien nos dijo que si practicábamos combatiendo los siete pecados capitales, encontraríamos una manera sencilla de convertirnos en seres dignos. Debíamos conocer su significado, sus sinónimos con sus definiciones  y los antónimos.

Los defectos de carácter o pecados capitales siempre nos acompañarán porque son parte de la esencia humana, lo que podemos hacer es controlarlos y llevarlos a su mínima expresión. De esa forma habremos forjado un nuevo carácter que nos permita disfrutar de una vida feliz y útil.

Y así empezamos a buscar y describir.

Soberbia: Sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo hacia ellos.

Dicho de otra manera sentimos que somos superiores al resto de los mortales, creemos inclusive que estamos situados a babucha de Dios y hasta le damos ordenes para que cumpla nuestros deseos. Si no las cumple lo maldecimos con todas nuestras fuerzas y si se nos cumple algo nos ser los dueños del mundo.

Miramos al resto de los mortales con desprecio y nos ufanamos de ello, les enrostramos su infinita pequeñez y recibimos de parte de ellos desprecio y lástima.

Sinónimos:

Altanero: Estilo de conducirse frente a los plebeyos o seres inferiores. Forma de tratar del príncipe a los esclavos.
Amaneramiento: Modo de demostrar la superioridad con acciones, no saludar o saludar sin mirar o mirar de soslayo.
Arrogante Compartir sus saberes con pedantería humillando a sus oyentes.
Engreído: Muestra orgullos extremo por sus cualidades o actos propios.
Pedante: Le gusta hacer alarde y vanagloriarse de su supuesta superioridad.
Presuntuoso: Que pretende pasar por elegante o lujoso.
Altivo: Se cree inalcanzable, supremo, superior.
Egocéntrico:  Tiene cuatro caras muy marcadas.

Narcisista: Que se quiere  así mismo más que a nada en el mundo. Histriónico: Todo el mundo me tiene que querer porque soy maravilloso

Psicópata de guante blanco: Es frío y para él solo existe él mismo.

Egoísta: Que antepone los intereses propios a los ajenos. Siempre saca tajada de todo.

Inmodesto: Siente que es la persona más importante del lugar y todos deben rendirle honores.
Desdeñoso: Menosprecio por los demás.

Fanfarrón: Alardea de lo que es y de lo que no es. En especial de su supuesta valentía.
Fatuo: Engreído en su manera de hablar
Jactancioso: Alardea de si mismo
Orgulloso
: Opina demasiado bien de sí mismo.
Petulante: Está ridículamente convencido de ser un genio

Vanagloria: es la expresión de un orgullo exagerado que alguien manifiesta con respecto a sí mismo.
Vanidoso: Orgullo de la persona que tiene en un alto concepto sus propios méritos y un afán excesivo de ser admirado y considerado por ellos.
Alarde: Ostentación y gala que se hace de las cosa que se poseen.

Autosuficiente: Condición del que se basta a sí mismo. Está convencido que puede hacer todo sin ayuda de nadie.
Vano: Vacío de contenido.

Autoconmiseración: Sentir pena por uno mismo y no permitir ayuda de nadie.

Antónimos:

Humildad: es una virtud moral contraria a la soberbia, que posee el ser humano en reconocer sus habilidades, cualidades y capacidades, y aprovecharlas para obrar en bien de los demás, sin decirlo. La humildad permite a la persona ser digna de confianza, flexible y adaptable, en la medida en que uno se vuelve humilde adquiere grandeza en el corazón de las demás personas.

Modestia: que no tiene ni muestra una alta opinión de sí misma. Entre los clásicos fue considerada una virtud y se relacionó con la humildad o la ausencia de vanidad o engreimiento, la ostentación y la soberbia.

Íra: Enfado desproporcionado o demasiado frecuentes en nuestras vidas. Irritabilidad incontrolable.

La ira, cólera, rabia, enojo o furia es una emoción que se expresa a través del resentimiento o de la irritabilidad. Los efectos físicos de la ira incluyen aumento del ritmo cardíaco, de la presión sanguínea y de los niveles de adrenalina y noradrenalina.

Algunos ven la ira como parte de la respuesta cerebral de atacar o huir de una amenaza o daño percibido.

La ira se vuelve el sentimiento predominante en el comportamiento cognitivamente y fisiológico cuando una persona hace la decisión consciente de tomar acción para detener inmediatamente el comportamiento amenazante de otra fuerza externa. La ira puede tener muchas consecuencias físicas y mentales.

Sinónimos:

Cólera  Furor  Furia  Rabia  Enojo  Enfado  Indignación Violencia

Mal Humor Ímpetu Vehemencia Irritación Fiereza Antipatía Manía

Tirria Ojeriza Odio  Enfurecimiento Exasperación  Molestia  Disgusto

Fastidio Desagrado Penalidad Lata Enemistad Pelea  Riña Enfrentamiento

Hostilidad  Virulencia  Brusquedad Brutalidad  Crueldad Salvajismo

Barbarie

Antónimos:

Calma: Tranquilidad, ausencia de agitación y de nervios en la forma de actuar

Serenidad: La serenidad es el valor de mantener la calma en medio de la dificultad. Se trata de la característica de aquel o aquello que está o que es sereno

Paciencia: Capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse.

LUJURIA:

Exhibición de abundancia. Desorden descontrolado del deseo sexual.

La obsesión y la compulsión desmedida de sexo son consideradas patologías que deben ser tratadas en el plano médico.

Sin embargo la violación, la pedofilia, el incesto y la pornografía infantil se consideran temas estrictamente penales, donde las condenas de cárcel trepan hasta los 15 o 20 años de cárcel efectiva.

Debemos dejar en éste párrafo bien esclarecido que la exhibición de la abundancia o demostración excesiva del poder sobre otros también se enmarcan dentro de la lujuria propiamente dicha.

Debemos interpretar estos factores como el deseo irrefrenable de hacer sentir el dominio sobre los otros, a los que consideramos en un plano inferior y por ende merecedores de sentir nuestro poder sobre ellos, considerando que la persona no tendrá posibilidad de escapar de nuestro yugo.

Esta bestial forma de pensar y de accionar, desnuda en el adicto su comportamiento obsesivo y compulsivo aun después de haber abandonado el consumo de sustancias, ya que por su estructura de aprendizaje no puede entender a las personas como tales, sino como objetos de su propiedad.

Sinónimos:

Lascivo: Implica la imposibilidad de controlar la libido, lo que puede derivar en una obsesión. Una persona con lascivia mira al prójimo de manera morbosa o con intenciones sexuales.

Concupiscente: Se dice del pensamiento que da origen a la lujuria en cualquiera de sus formas, algunos autores la indican como la madre de la lujuria, la que da lugar, la que provoca la obsesión y la compulsión.

Lúbrico: que provoca la lujuria o insita a ella.

Libidinoso: se dice de aquel que mira o hace gestos que indican lujuria en cualquiera de sus formas.

Voluptuoso: que muestra en su vestimenta o adornos su inclinación hacia la lujuria.

Exuberante: que está muy desarrollado y lo hace notar o que tiene gran cantidad de alguna cosa y la ostenta.

Antónimos:

Decencia: Observación de las normas morales socialmente establecidas y las buenas costumbres, en especial en el aspecto sexual.

Decoro: Comportamiento adecuado y respetuoso correspondiente a cada categoría y situación.

Pureza: Estado de la persona que no ha tenido relaciones sexuales.

AVARICIA

Afán de poseer mucha riqueza por el por el solo placer de atesorarla sin compartirla con nadie.

Como concepto psicológico y secular, la avaricia es un deseo desordenado de adquirir o poseer más de lo que uno necesita. El grado de alteración mental está relacionado con la incapacidad de controlar la reformulación de «deseos» en el momento que las «necesidades» son eliminadas.

Erich Fromm describe la avaricia como «un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable de satisfacer la necesidad sin alcanzar nunca la satisfacción.» Por lo general el término se utiliza para criticar a aquellos que buscan la riqueza material excesiva, pero también es aplicable en situaciones donde la persona siente la necesidad de sentirse por encima de los demás desde un punto de vista moral, social, o de otra manera.

Sinónimos:

Avidez: Deseo intenso de conseguir, tener o hacer algo.

Mezquino: persona ruin o hipócrita que comete acciones que pueden perjudicar a los demás. Que carece de nobleza, generosidad y dignidad; que resulta miserable por tener sentimientos bajos o buscar en todo momento su provecho.

Egoísta: Que antepone el interés propio al ajeno, lo que suele acarrear un perjuicio a los demás. Por lo tanto, el egoísta no se interesa por el interés del prójimo y rige sus actos de acuerdo a su absoluta conveniencia.

Tacaño: Que se resiste o se muestra reacio a dar o gastar. El tacaño tiene una estructura de carácter que le impide compartir con los demás lo que tiene y lo que es.

Ruin: Que es despreciable por cometer o ser capaz de cometer malas acciones, con falsedad, hipocresía, traición o engaño.

Miserable: Que se muestra en un estado de pobreza extrema siendo pudiente.

Roñoso: Sucio, asqueroso

Antónimos:

Generosidad: es un concepto que procede del latín generositas y que refiere a la inclinación a dar y compartir por sobre el propio interés o la utilidad.

Filantropía: Tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio.

ENVIDIA:

Sentimiento de tristeza o enojo que experimenta la persona que no tiene o desearía tener para sí sola algo que otra posee.

De acuerdo a la primera definición, la envidia es sentir tristeza o pesar por el bien ajeno. De acuerdo a esta definición lo que no le agrada al envidioso no es tanto algún objeto en particular que un tercero pueda tener sino la felicidad en ese otro. Entendida de esta manera, es posible concluir que la envidia es la madre del resentimiento, un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor sino que al otro le vaya peor.

Deseo de algo que no se posee.

De acuerdo a la segunda de las acepciones, la envidia se puede encuadrar dentro de la emulación o deseo de poseer algo que otro posee. Siendo en este caso que lo envidiado no es un sujeto sino un objeto material o intelectual. Por lo tanto en esta segunda acepción la base de la envidia sería el sentimiento de desagrado por no tener algo y además de eso el afán de poseer ese algo. Esto puede llegar a implicar el deseo de privar de ese algo al otro en el caso de que el objeto en disputa sea el único disponible.

Una tercera posibilidad para comprender lo que la envidia implica sería la combinación de las dos acepciones mencionadas anteriormente. Cualquiera sea el caso, la envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una insalvable amargura.

Otra definición de envidia, es que el envidioso cuenta mentiras sobre la persona a la que envidia o las cosas que tiene, para poder tenerlas, en ocasiones la envidia puede hacer que el envidiado muera a manos del envidioso.

Sinónimos:

Celos: Sentimiento que experimenta una persona cuando sospecha que la persona amada siente amor o cariño por otra, o cuando siente que otra persona prefiere a una tercera en lugar de a ella.

Dentera: Envidia de lo que el otro come.

Rencor: Sentimiento de hostilidad hacia una persona a causa de una ofensa o un daño recibidos.

Resentimiento: Sentimiento persistente de disgusto o enfado hacia alguien por considerarlo causante de cierta ofensa o daño sufridos y que se manifiesta en palabras o actos hostiles.

Resquemor: Remordimiento, resentimiento o disgusto no exteriorizado que causa desazón y que se manifiesta en cierto recelo y desconfianza.

Desazón: Estado de intranquilidad o tristeza en que se encuentra una persona a causa de una alteración física o moral.

Despecho: Resentimiento o disgusto que siente una persona debido a un desengaño o a una ofensa y que la impulsa a obrar vengativamente.

Antónimos:

Aclaración: No existe la envidia sana. La contraposición es admiración.

Admiración: Valoración muy positiva de una persona o una cosa por sus extraordinarias cualidades

Nobleza: el un valor que define a una persona que es generosa, digna de estimación, no es grosera, y carece de maldad.

GULA:

Si bien la gula se refiere al deseo irrefrenable de comer y beber en forma desmedida y sin necesidad, nosotros lo enfocaremos hacia un tipo de gula que nosotros practicamos y de la que no se habla fuera de este espacio.

Los adictos somos golosos con las personas, es decir devoramos personas en forma indiscriminada. Nos trepamos a ellas y vamos arrancando su individualidad, su independencia, su libertad, su autonomía, su resolución y su firmeza, convirtiéndolos en esclavos descartables.

Una vez que logramos secarlos de virtudes y hemos logrado someterlos en todos los niveles psicológicos posibles, les hacemos entender que eso en que los convertimos son en realidad y que los únicos que aceptaremos estar con ellos seremos nosotros y que el resto del mundo los despreciará.

Logramos mediante este estilo de GULA, secar literalmente el alma de quienes nos aman y si alguno de estos esclavos muriera durante este proceso no lloraremos por la ida de esa persona, sino por la disyuntiva de quedarnos abruptamente sin la persona que nos mantiene.

Sinónimos:

Glotón: que come con ansias y en exceso.

Insaciable: que nada lo satisface.

Voraz: que traga sin masticar con la idea que será su única comida.

Antónimos:

Templanza: Cualidad humana que induce a usar o hacer las cosas con moderación.

Inapetencia: Carencia de apetito.

Recato: Miramiento o reserva con que una persona hace o dice una cosa.

PEREZA:

Falta de ganas de trabajar, o de hacer cosas, propia de la persona perezosa. Debilidad o lentitud en las acciones o los movimientos.

La pereza es tomada como una falta en tanto supone que el ser humano no se hace cargo de su propia existencia, no asume sus obligaciones y sólo se entrega a aquello que le otorga placer.

Se puede definir también como la falta de iniciativa para convertir los pensamientos en acciones concretas.

Yannina Thomassiny dice sobre la pereza:

¿Cuántas veces al día decimos “estoy cansado”?

Tenemos el pésimo hábito de romper el hielo con esta frase e incluso la usamos hasta cuando no estamos cansados, ¡qué ridículos!

Parecerá exageración, pero actualmente todo el mundo tiene cansancio de todo, y es raro encontrar personas que hagan 20 mil actividades por día.

Esos súper seres que eran capaces de ser trabajadores, deportistas, lectores, amos de casa, amantes y hasta altruistas ya no existen. El equilibrio y la variedad de actividades parece que se está perdiendo.

Nos preocupa esta situación. Así que decidimos analizar las características de los más perezosos.

Nada les apasiona. Alguien con pereza no tiene pasión por nada. Le da igual si el mundo gira hacia la derecha o hacia la izquierda. Su pasión máxima es tener un largo rato para no hacer nada y disfrutar de su pereza.

No tienen hábitos como la lectura, el arte o cualquier otra actividad que requiera su atención. Ven mucha televisión.

No hacen ejercicio. Su principal pretexto es que no tienen tiempo, pero si esto fuera cierto, entonces ¿cómo le hacen los súper atletas que estudian, trabajan y hacen ejercicio? Tiempo sí hay, pretextos sobran. Alguien sano equilibra su vida y hace deporte. Luego que no se quejen cuando tengan alguna enfermedad por no haber cuidado su salud.

No terminan lo que comienzan. Pueden tener mil proyectos en mente, pero al final ninguno lo llevan a cabo. Les encanta posponer y dejar para después lo que podrían hacer hoy. Sienten que hay millones de conflictos que complicarán la realización de sus planes, por eso adoptan la posición más sencilla: decir está muy complicado y chau. Se justifican con: “iba a hacer esto, pero…”

No son detallistas, pues jamás tienen tiempo para sorprender. Lo peor es que creen que una justificación contará como un detalle: “no creas que olvidé tu cumpleaños, te iba hacer una cena sorpresa increíble, pero se me complicó todo y ya no pude”. Casualmente, todo en la vida de un perezoso es más complicado.

No entran en controversia. La gente con pereza es tan apática que no son capaces ni de alegar un tema del que opinen diferente. Sus posturas y su actitud siempre es gris: les da igual. La intensidad con la que todos están involucrados con la política y la situación del país les parece una pérdida de tiempo. Si van a una cena y hablan de un tema de interés colectivo sólo observan y piensan para sus adentros: “¿para qué alego?

Son sucios. Parece que les cayó una bomba molotov a sus casas. Todo está tirado, hay malos olores, ropa sucia por el suelo, platos sucios y el baño parece no haber sido limpiado en dos meses. Su justificación es que no se les da la limpieza o que no tienen tiempo. Nosotros sabemos que siempre hay tiempo para vivir en un espacio ordenado y limpio. No hay pretexto.

Su arreglo personal deja mucho que desear. La gran mayoría de su ropa está vieja, percudida o rota, no les importa lo que se ponen, ni a qué huelen, mucho menos bañarse diario. De peinarse ya ni hablemos. Tienen un aspecto desfachatado, falto de estilo e interés. Se resguardan ante justificaciones como que lo superficial no les importa o que no tienen tiempo para ir de compras.

Incapaces de hacer un favor. Son las últimas personas que responden al llamado de una urgencia. Son lentos y no les gusta que nada venga a complicar su comodidad. Por eso, si pueden echarle la bolita a alguien más, lo hacen. Ponen pretextos o se hacen los que no saben qué hacer ante esa situación.

Sinónimos:

Vago:  Falta de ganas de trabajar, o de hacer cosas, propia de la persona vaga.

Holgazán: Inactivo y falto de ganas de trabajar.

Desidia: Falta de ganas, de interés o de cuidado al hacer una cosa.

Dejado: Falta de cuidado o de interés que una persona muestra ante cierta cosa, ante las cosas propias y ante las obligaciones.

Apático: Estado de desinterés y falta de motivación o entusiasmo en que se encuentra una persona y que comporta indiferencia ante cualquier estímulo externo.

Indolente: Que tiene pereza y falta de voluntad para hacer una cosa.

Negligente: Que no pone el cuidado, la aplicación y la diligencia debida en lo que hace, en especial en el cumplimiento de una obligación.

Abandonado: Que es despreocupado en sus actos o descuidado en sus obligaciones o en su aspecto exterior.

Antónimos:

Ánimo: Capacidad humana de experimentar emociones y afectos, y de comprender. Fuerza o energía para hacer, resolver o emprender algo.

Acción:

Esfuerzo: Acción de emplear gran fuerza física o moral con algún fin determinado.

Fervor: Entusiasmo, dedicación, interés o empeño con que se realiza una actividad.

Acción: Palabra que indica que una persona, animal o cosa (material o inmaterial) está haciendo algo, está actuando (de manera voluntaria o involuntaria, de pensamiento, palabra u obra), lo que normalmente implica movimiento o cambio de estado o situación y afecta o influye en una persona, animal o cosa.

  • Debemos atacar los principios sobre los que nuestras primeras opiniones se fundaron y ponerlos en su perspectiva apropiada.

Podemos asegurar que el consumo de sustancias ha modificado en forma permanente la estructura física de nuestro cerebro y ese daño ha rectificado el pensamiento positivo, el que permite razonar en forma inteligente y objetiva.

La realidad es ahora una de nuestras peores enemigas a la que debemos ignorar y combatir, formando dentro de nuestro cerebro una estructura de pensamiento que la niegue y la deseche en todo momento.

Vivimos en una fantasía permanente y trascurrimos nuestro tiempo montados en mentiras que nosotros inventamos para acomodar nuestras negligencias en la consecuencia de el accionar de otros.

Jamás tenemos culpa, nunca sentimos ser responsables de nuestra desgracia. Hacemos cosas que hieren  y les endilgamos la culpa a los afectados. Siempre tenemos razón y somos victimas incomprendidas de estas personas.

Hemos sabido modificar todo en nuestra mente gobernada por alguien que tiene vida propia y está dentro nuestro. Nos dice cosas en secreto y nos dicta conductas. Nos permite escuchar al otro solo cinco minutos, el resto del tiempo las palabras ajenas se convierten en ruidos infernales que nos perturban.

Los diagnósticos médicos nos anuncian una esquizofrenia inminente y nuestra fantasía nos impulsa a seguir en el consumo, a veces porque nos creemos invencibles y otras porque sentimos que ya estamos definitivamente limados.

El inquilino ha tomado posesión de nuestra mente y nuestra alma llevándonos con sus sugerencias a situaciones horrendas donde las posibilidades de salir airosos es prácticamente nula.

Hemos mirado por el ojo de la cerradura esperando que nos secuestre un grupo de enfermeros o una brigada de toxicomanía. Estábamos convencidos porque nuestro inquilino interior nos afirmaba que así era y le creíamos ciegamente.

Nos decía que nuestros familiares nos odiaban y que nuestro proveedor de drogas era nuestro mejor amigo, el único que siempre nos esperaba. Este asunto de vivir se había complicado.

Nos dimos cuenta que éramos unos fracasados, que si no fuera por nuestros padres estaríamos durmiendo en las calles, aunque nuestras cabezas indicaban que eso era lo que debían hacer estos ancianos decrépitos y pasados de moda, aburridos y fastidiosos.

A pesar de que nuestra cabeza seguía mostrándonos que éramos gladiadores eternos, atletas incansables y acróbatas perseverantes de la libertad, la realidad nos dejaba vislumbrar que éramos todo lo contrario y que necesitábamos ayuda urgente.

No estábamos de acuerdo, pero habíamos permitido que se nos ayudara por un breve período, solo para apaciguar la protesta permanente de quienes nos amaban incondicionalmente.

Nosotros, que teníamos todo resuelto habíamos arribado a un lugar donde la realidad marcaba cada segundo y nuestra fantasía era derrotada en cada frase que esbozábamos.

Decidimos entonces tratar de convencer a quienes nos rodeaban que ya habíamos aprendido todo y que estábamos listos para irnos de ese lugar, que esa semana había sido esclarecedora, que habían logrado cambiar el rumbo de nuestra existencia en solo siete días.

Las risas de los compañeros y personal médico aparecieron como una catarata interminable, no los habíamos logrado convencer, nuestra manipulación había sido inútil y lo sería a todo lo largo de nuestro tratamiento.

Poco a  poco pudimos vislumbrar la naturaleza exacta de nuestra realidad, comprendimos lentamente que las sustancias no tenían patitas y que las habíamos buscado llevados por una estructura de pensamiento autodestructiva, tan letalmente dañina que nos había convencido que nuestros seres amados eran los más férreos enemigos. Éramos tiranos con nuestros familiares y esclavos de nuestros proveedores de drogas.

Según pasó el tiempo, llegamos a creer que estos convivientes tenían algo de razón y comenzamos a experimentar cambios pequeños. Aprendimos que el día es malo o bueno según yo lo desee y que estaba en mí disfrutar del día o sufrirlo.

Comprendimos, que el acto de amor más grande de nuestros parientes había sido traernos a éste lugar y que nuestro mundo viejo había sido una pesadilla por nuestra propia forma de vida, a la que nuestras familias habían combatido de todas las formas posibles sin resultado positivo alguno.

Supimos que nadie puede ayudar a alguien que no desea recibir ayuda y que la terquedad es una de las herramientas que utiliza obstinado para defender con uñas y dientes la autodestrucción lenta y progresiva.

Ahora comenzábamos a dudar de nosotros mismos y nos proponíamos permitir que se nos guíe. Esto no era algo que permitiéramos permanentemente, pero poco a poco fuimos poniéndonos en las manos de los otros hasta lograr tener un día entero de tranquilidad y recién entendimos entonces que era posible vivir sin drogas.

Como gran desafío se nos propuso ser rigurosamente honestos y dignos además de advertirnos que no serlos nos traería culpa, que esa culpa nos aportaría frustración, que la frustración autoconmiseración lo que desembocaría en el resentimiento que finalmente nos llevaría a tener deseos de consumir.

Nuestras primeras opiniones se habían fundado en la fantasía y era a ellas a las que debíamos derrotar desde la honestidad. Es decir, la honestidad a partir de ahora sería nuestro mejor aliado, pero por ser autodestructivos podríamos utilizar esta virtud en desmedro nuestro o de los demás.

La honestidad y la prudencia debían entonces estar de la mano, hacer daño a otros nos aportaría culpa y luego ya estábamos advertido de lo que vendría detrás.

Una nueva estructura de pensamiento nos enseñó que se puede construir una vida feliz y útil día a día, que no puedo arreglar todos los aspectos de mi vida en un día y que la paciencia debe reinar para ir reconquistando mi verdadero carácter que fue bombardeado por mi consumo de sustancias.

Los pensamientos autodestructivos seguirán apareciendo por siempre al igual que las fantasías, pero al estar advertido de esas posibilidades podemos frenar la obsesión y la compulsión dando lugar a pensamientos lógicos que nos conecten con la realidad.

Habrá muchos que deseen que volvamos a la vieja vida, conocidos, ex novias, jueces, fiscales y hasta algún pariente. Deberá prevalecer nuestro nuevo estilo de vida  para frenar a quienes consciente o inconscientemente nos empujen a los peores lugares.

Ahora somos dueños de nuestra existencia, con la ayuda del buen Dios según nuestra creencia, le ganaremos a la vida cada día.